domingo, 30 de diciembre de 2018

DEEPWATER CHAPEL I

El usuario de twitter Greg publicó en su cuenta (https://twitter.com/gr3gory88) una serie de acontecimientos que le estaban sucediendo tras haber heredado la casa de su abuelo materno.

El 27 de julio Greg explicó que su abuelo había fallecido y que nunca llegó a conocerle porque su madre había roto la relación con él. Pero, a pesar de no haberle conocido, Greg recibió su casa en herencia, una casa situada en un bosque cerca de un lago.

El 30 de octubre Greg comenzó a explicar los extraños sucesos que estaba viviendo allí. Al parecer, intentó vender la casa sin éxito, así que decidió trasladarse allí temporalmente. Una mañana fue al pueblo más cercano, a 25 minutos en coche, para comprar comida y otros utensilios. Al regresar vio algo extraño en la puerta.

Parecía hecho a mano con madera e hilo con un par de huesos colgados dentro del símbolo. Greg pensó que alguien le estaba gastando una broma, por lo que lo cogió y lo arrojó a la chimenea.

A la mañana siguiente salió al porche a desayunar cuando vio algo que colgaba de un árbol cercano: otro símbolo como el de la tarde anterior, aunque esa vez con una piedra en lugar de huesos.
Inmediatamente vio otro colgando de otro árbol. Y, al llegar a ese, pudo ver otro encontrando en total 8 símbolos colgando de árboles alrededor de la casa con diferentes objetos atados: plumas, huesos, piedras…

Aquello era muy extraño y Greg se sintió incómodo. Tras descolgar todos los símbolos decidió volver a la casa y limpiar, pues con la caída de las hojas por el otoño todo estaba bastante sucio. Entonces, a través de una ventana, vio algo entre la maleza, por lo que fui a investigar qué era encontrándose una sudadera con capucha.
Cerca de la sudadera encontró más ropa y un cuaderno. Greg abrió el cuaderno pero no había nada escrito, aunque sí algunas páginas arrancadas.

Al cabo de algunos días, Greg salió a pasear por el bosque, cuando vio algo de movimiento. Miró y vio a una persona con una sudadera negra y la capucha puesta paseando entre los árboles. Greg se quedó quieto esperando que aquella persona no se hubiese percatado de su presencia, y no se movió hasta estar seguro de que aquella persona estaba lo suficientemente lejos. Entonces corrió hacia la casa y cogió el teléfono para llamar a la policía pero, al no saber qué explicación dar, decidió dejar el teléfono donde estaba. Quizás alguien sin hogar había usado la casa como refugio mientras estaba vacía para encontrarse con que un nuevo dueño empezaba a vivir en ella. Quizás sólo quería asustarle para echarle de allí.

En ese momento Greg escuchó un ruido, miró por la ventana y vio a la persona que estaba merodeando por allí. Estaba completamente quieta mirando hacia el horizonte como si estuviese esperando a algo o a alguien. Pero lo que realmente llamó la atención de Greg es que no tenía ojos. Sin embargo, al cabo de un rato, esa persona se giró y le miró. Greg se escondió con el corazón latiendo con fuerza por el miedo y, tras cerrar con llave todas las puertas y bloquear todas las ventanas, llamó a la policía y le explicó lo sucedido. La policía dijo que mandarían a alguien a mirar y le pidieron que no saliese de la casa. Greg fue a su dormitorio, bloqueó la puerta y trató de dormir, aunque se encontraba bastante mal por lo sucedido.

A la mañana siguiente llegó un policía, pero no encontró nada raro y la explicación de Greg le sonó a broma, por lo que el policía le dijo que si pasaba algo más llamase a la comisaría y se marchó dejando a Greg solo.

Cerca de la casa de Greg había otras casas, por lo que decidió ir y preguntar a los vecinos para ver si alguien había visto algo, pero todas estaban vacías, pues aparentemente las usaban sólo durante el verano. Frustrado, Greg regresó a su casa pasando cerca del lago cuando vio un pequeño barco.
Estaba totalmente quieto en medio del agua y a Greg le dio la sensación de que le estaban observando, pero quizás fue sólo su imaginación. Quizás sólo estaban pescando, pero con todo lo ocurrido no sabía qué pensar.

Siguió el camino hacia la casa y pasó por un río donde vio algo que le llamó la atención, por lo que metió en el agua y lo cogió sólo para ver que se trataba un ojo.

Lo soltó con bastante asco deseando que fuese el ojo de algún animal y no el de una persona. Greg regresó rápidamente a su casa y no volvió a salir en todo el día. Aquello era demasiado extraño. Lo que le estaba ocurriendo no tenía sentido y, sin embargo, tenía miedo. Greg sabía que la pesadilla acababa de empezar.

martes, 25 de diciembre de 2018

EL PANTEÓN DE SEVILLANOS ILUSTRES


En Sevilla, junto a la Plaza de la Encarnación o “Plaza de las Setas” se encuentra la iglesia de la Anunciación.
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Inicialmente fue un colegio de los Jesuitas que sirvió como pilar intelectual de la contrarreforma española. No obstante, en 1767 los Jesuitas fueron expulsados y el convento fue abandonado. Por ello, en 1771 este edificio se convirtió en la Universidad Literaria educando en los ideales de la Ilustración y extendiendo su influencia al ámbito civil. De esta forma, la iglesia de la Anunciación se convirtió en la capilla de la Universidad. Pero en 1956 la capilla de la Universidad se trasladó a la Real Fábrica de Tabacos. No obstante, en la cripta de la iglesia de la Anunciación se construyó el Panteón de los Sevillanos Ilustres. 
En dicho panteón se encuentran los restos de personajes muy ligados a Sevilla como la familia Ponce de León o los hermanos Bécquer.
Junto a la iglesia de la Anunciación se construyó en 1970 la facultad de Bellas Artes, cuyos sótanos conectan con el Panteón de los Sevillanos Ilustres.
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Pero lo que inicialmente parecía ser un elemento cultural de gran importancia pronto se volvió en la pesadilla de profesores, estudiantes, vigilantes de seguridad y personal de limpieza, quienes aseguran haber presenciado sucesos paranormales.

Ruidos, golpes fuertes, sombras, cambios de temperatura, la sensación de ser seguidos, risas, susurros, suspiros o voces que dicen sus nombres son algunos de los testimonios más frecuentes, una situación que les asusta y por la que nadie se atreve a pasear solo por los pasillos de ese lugar.

Estos acontecimientos pusieron el foco de la investigación paranormal en este lugar, por lo que se realizaron diferentes investigaciones, en las que se captaron psicofonías de voces procedentes de otra época, así como entrevistas al personal del edificio.
En una entrevista a la revista dedicada al misterio “Más Allá” el personal de limpieza explicaba que mientras se encontraban trabajando escuchaban unos sonidos extraños, como si alguien se hubiese quedado encerrado en algún armario y estuviese arañando la puerta del mismo o la pared. Otras noches han podido oír gritos y la sensación de que una mano invisible les toca o que una voz de procedencia desconocida les llama.

Una de las limpiadoras del edificio asegura que una de las entidades que moran por el edificio es la de Santiago, un antiguo guarda se seguridad que falleció de un ataque cardíaco. Según el este testimonio, el hombre falleció en su casa, pero desde ese momento las noches en el edificio se han convertido en una pesadilla, es por ello que está tan segura de que se trata de él.

Pero los ruidos y las voces no son los únicos fenómenos inexplicables, pues las luces de la Facultad de Bellas Artes se encienden y se apagan solas, uno de los ascensores se activa solo aunque la electricidad de los mismos esté desactivada, o en ocasiones las alarmas se activan solas. Además, en algunas aulas se han llegado a desplazar algunos pupitres.

Además, según comentan diferentes testimonios, es posible ver paseando por los pasillos a una figura femenina vestida con ropajes blancos, de quien se dice que podría tratarse del espíritu de la escritora Cecilia Bölh de Faber (más conocida como Fernán Caballero).
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Estos fenómenos han convertido a la Iglesia de la Asunción, la Facultad de Bellas artes y el Panteón de los Sevillanos Ilustres en un punto clave en la mágica ciudad de Sevilla para los amantes de lo paranormal.
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miércoles, 19 de diciembre de 2018

RELATO IV


Han pasado cinco años. Cinco largos y horribles años aquí encerrado. Cinco tediosos años en los que estuve a punto de ser violado en más de una ocasión. Por suerte, hice saltar algún que otro diente, rompí alguna que otra nariz y disloqué algún que otro hombro. En este lugar el pez grande se come al pez pequeño. En este lugar hay dos opciones: nadar a contracorriente o hundirse. En este lugar o comes o te comen. Y yo no soy de los que se deja comer, eso está claro. Y pronto algún que otro personaje de corta intelectualidad lo aprendió.
Recojo mis escasos enseres personales y salgo de la prisión. Una reja se abre. Un funcionario de prisiones me escolta hasta otra puerta de rejas. La primera reja se cierra. La segunda se abre. Un segundo funcionario me acompaña hasta la salida. No me sorprende ver que nadie ha venido a recogerme. Bueno, sé que mi exmujer me dará la fiesta de bienvenida que merezco.
Llamo a un taxi y, al cabo de media hora, el vehículo llega. El conductor, un hombre de aspecto marroquí me mira con cierta desconfianza, pero su mirada cambia cuando le enseño el dinero. Me monto en el taxi, cierro la puerta y le doy una dirección al hombre.
-El cinturón, señor…-me dice con su acento marroquí. Ese acento me da una patada en el estómago. No soporto a los inmigrantes. No soporto que vengan a robar el trabajo a las personas honradas que nacimos en este país. Y mejor ni hablar de la forma en que los hospitales y centros de salud están colapsados por su culpa. Por lo menos espero que no se haya sacado la licencia en su país de mierda.
-A la mierda el cinturón. Arranca de una jodida vez…
El taxista se encoge de hombros, mueve la palanca de cambios y pisa el acelerador. Se incorpora a la carretera y coge velocidad.
-¿Le importa si fumo?-pregunta el marroquí.
-No. Anda, se buen chico y dame uno a mí. No me vendrá mal dar un par de caladas.
El taxista alarga el brazo ofreciéndome un “Camel” y un mechero con publicidad de una funeraria. Sonrío ante la ironía de aquel mensaje. Enciendo el cigarro y saboreo con placer el humo que llena mi boca. Hacía demasiado tiempo que no tenía ese placer. Le devuelvo el mechero al marroquí, que se lo guarda en el bolsillo de la camisa, y me pongo a mirar por la ventanilla viendo pasar el paisaje ante mis ojos. Doy una calada pensando en mi casa, pensando en la zorra con la que me casé y en el maricón de mi hijo.
He tenido cinco años para pensar en los dos. Tiempo suficiente para imaginar diferentes formas de matarlos. Es obvio que les tenga rencor, ¿no? Al fin de cuentas fueron ellos los que me metieron en chirona. “Maltrato infantil” declararon en el juicio. Por qué, ¿por querer que mi hijo fuese un hombre? Pero ella lo ablandaba con sus adictivos mimos. No fue mi culpa la paliza que le di al final, fue suya. ¡Suya, joder! Y ni siquiera era capaz de aguantar un golpe. Lloraba como una chiquilla asustada. Me repugnaba esa actitud. Pero la culpa no fue mía, sino de su madre que quería esconderlo de la vida. ¿Qué tenía? ¿8 años? ¿9? No importa. Pero con su edad mi padre nos llevaba de caza a mi hermano y a mí y no había mayor placer para mí que encontrar a las piezas y arrancarles la vida de un balazo. ¡Pam! Y la liebre salía despedida. Pero pronto las liebres se volvieron aburridas. Así que… ¡Pam! Y fue mi hermano el que salió despedido. Fue un disparo limpio. Cayó de un golpe, sin tener tiempo de saber qué pasaba. Aunque claro, fue un accidente, o eso pensaron mis padres, mis familiares y todo el mundo en general. Aunque la verdad es que me había quitado una competencia, pues con él fuera de casa lo tenía todo para mí.
Mientras pensaba en todo aquello el taxi llegó a mi destino. Me bajé y le pagué al taxista la tarifa del viaje y una propina extra por el cigarro y por haber sabido mantener la boca cerrada todo el viaje. Creo que si hubiese tenido que aguantar su acento extranjero durante todo el trayecto le habría matado allí mismo.  Y le habría hecho un favor a la comunidad.
Miro al cuarto piso y sonrío. Llamo al timbre. Nada… Vuelvo a llamar con más insistencia. Y entonces responde una voz desconocida.
-¿Sí?
-¡Cartero!
La puerta se abre y yo entro. Llegó al buzón y ve que no está mi nombre. Ni el de la zorra ni el del maricón. Hay un nombre totalmente desconocido para mí. El nombre de una mujer que, aparentemente, vive sola.
Llamo al ascensor, entro y pulso el botón del cuarto. El ascensor comienza a subir mientras miro mi reflejo en el espejo: mi pelo castaño corto, mis ojos claros, mi mandíbula fuerte. Me guiño un ojo a mí mismo. Soy atractivo y sé lo que las mujeres quieren. El ascensor se detiene dando una leve sacudida y las puertas correderas se abren. Salgo y giro a la izquierda. Recorro el pasillo y llego a la puerta de la que fue mi casa. Mi hogar. El lugar en el que me arrestaron por culpa de la zorra y el maricón. Llamo al timbre y espero. Al otro lado de la puerta se oye una voz.
-¿Quién es?
-Buenos días. ¡Traigo un paquete para Dolores Casals!
-¿Un paquete? No espero ningún paquete.
-Ese no es mi problema. Yo tengo un paquete para usted y necesito que alguien lo recoja y firme la entrega.
Durante unos segundos no se oye absolutamente nada. Estoy a punto de darme la vuelta cuando oigo el sonido del cerrojo abrirse. La puerta se entreabre permitiéndome ver a una mujer de unos cincuenta años bastante fea. No puedo evitar pensar que me resulta lógico que esté sola. ¿Quién aguantaría ver esa cara a diario? Si hubiese sido mi hija la habría ayudado a tener un accidente mortal. Menos sufrimiento para los demás al no tener que soportar esa cara. Sonrío a la mujer que, rápidamente, se da cuenta del engaño. Pero yo soy más rápido y más fuerte. Empujo la puerta y entro al piso.
-Por favor, ¡no!-suplica la mujer que corre por el pasillo.
-No puedes esconderte, mujer. Me conozco a la perfección cada rincón de esta casa.
La mujer corre hasta el cuarto de baño, está a punto de entrar, pero me abalanzo sobre ella y la detengo.
-Por favor, ¡no!-vuelve a suplicar mientras llora.
-¿Dónde está la familia que vivía aquí?
-No lo sé. Alquilé la casa porque la vi en el anuncio en una inmobiliaria.
-Ya veo… ¿Sabes? El problema es que esta también es mi casa y me dan asco las visitas. Y, si por lo menos estuvieses buena, te podría violar. Pero no me sirves ni para eso.
La inmovilizo en el suelo mientras con una mano me quito el cinturón. Se lo pongo alrededor del cuello y aprieto con todas mis fuerzas. La mujer se tambalea e intenta decir algo, pero el cinturón se lo impide. Siento una agradable sensación que me provoca una erección. El suelo se mancha por la saliva que sale de la boca de la mujer. Aprieto un poco más y me río.
La mujer deja de moverse y yo busco por la casa. Abro cajones y armarios pero no encuentro nada que me indique dónde pueden estar la zorra y el maricón. Entonces se me ocurre alguien que sí puede saberlo. Mi querida cuñada. Una zorra el doble de zorra que la zorra con la que me casé. Una zorra de matrícula. Siempre he pensado que me equivoqué de hermana. Estuvo casada, pero al tipo se lo llevó un cáncer de testículos. Supongo que por no saber usar lo que tenía entre las piernas. Si Dios nos dio ese miembro es para usarlo en condiciones. ¿Para qué si no?
Salgo de la casa, no sin antes coger el juego de llaves de la fea, y me dirijo a casa de mi cuñada. Miro mi reloj y calculo que tiene que estar a punto de volver de recoger a sus hijos del colegio. Un colegio para niños pijos llevado por curas pederastas “por la gracia de Dios”. Me dirijo a la parada del autobús y espero unos diez minutos. Con suerte, cuando yo llegue, ella ya estará dentro. Entonces aparece el autobús, me subo y me siento al fondo mirando a todos los presentes, adolescentes en su mayoría. Chicos y chicas con la cara llena de granos y pesadas mochilas en sus espaldas. Por suerte hay un par de chicas con muy buen aspecto. Quizás necesiten una buena lección. Quizás necesitan que les enseñe cómo funciona de verdad la vida. Y mientras pienso en cómo jugaría con ellas, el autobús llega a su parada. Las chicas se bajan y siento la tentación de ir tras ellas, pero hay algo más importante que tengo que hacer. El autobús se desplaza entre el denso tráfico. El viaje se me hace eterno pero, finalmente, diviso mi parada. Me levanto y pulso el botón de parada. El autobús se va deteniendo, se abre la puerta de atrás y, cuando me dispongo a bajar, un par de adolescentes me empuja para salir antes. Me aguanto las ganas de lanzarlos contra la carretera, aunque habría sido un muy buen espectáculo ver sus cabezas reventadas bajo los neumáticos de un coche.
Bajo y me dirijo al portal indicado. Por suerte, un hombre entra en el edificio con su hijo de la mano y yo entro con ellos. Se dirigen al ascensor, así que opto por las escaleras. No me gusta ir en ascensor con otras personas. Llego al segundo piso y enseguida a la puerta. Por suerte, la puerta está entre abierta sujeta con la cadenilla. Una mala costumbre de mi cuñada para que la casa no se llene del olor de la comida mientras cocina. Meto la mano con sigilo y, con un poco de dificultad, consigo soltar la cadena. Sonrío y entro. Voy en silencio por el largo pasillo hasta llegar a la cocina, donde está ella de espaldas a la puerta frente a una cacerola. La campana extractora está puesta y ella no oye nada. Mejor para mí. Cierro la puerta y avanzo hacia ella despacio. Entonces la agarro por la espalda y ella da una sacudida asustada. Le digo al oído que se calle. Sé que ha reconocido mi voz, porque se relaja.
-Muy bien, zorrita. Me vas a decir dónde se esconde tu querida hermana.
Al principio no responde, así que la zarandeo con fuerza y la golpeo. Entonces confiesa que se ha ido a vivir a otra ciudad. Vuelvo a usar la fuerza para que me de la dirección.
-¿Ves cómo no era tan difícil? Deja que te de las gracias…
La tiro al suelo y le arranco la ropa. Siempre me ha parecido una mujer muy potente y yo he estado cinco años sin sentir el contacto de una mujer. Sólo hombres. Eran un alivio, pero no es lo mismo. Le quito las bragas y la penetro. Había olvidado esa sensación. Quizás ella no lo disfruta, pero yo ahora estoy en el paraíso. Sigo moviéndome hasta que llego al delicioso final.
Me levanto y la miro allí tumbada, llorando, con las piernas aún separadas y los pechos al aire.
-Es hora de que me vaya. Pero antes me tienes que hacer un último favor:-necesito tu coche. No te importa que me lo lleve, ¿verdad?
Ella, sin dejar de llorar, niega con la cabeza. Siento el deseo de violarla de nuevo, pero no puedo perder más tiempo.
-Espero que tus hijos sepan sobrevivir sin ti. No es que me de placer matarte, pero no puedo permitir que avises a tu hermana de que voy a por ella, ni de que llames a la policía. Lo entiendes, ¿verdad?
Cojo un cuchillo, la beso en los labios y se lo clavo en la vagina. Me levanto y me voy mientras ella, con el cuchillo aún en su interior, se desangra.
-No te recomiendo quitártelo... Sólo acelerarías el proceso…
Cojo otro cuchillo y me lo guardo. Me dirijo a su dormitorio y veo el bolso sobre la cama, lo abro y cojo la llave del coche. Salgo de allí y, cuando estoy a punto de llegar a la puerta, veo a uno de mis sobrinos políticos. Le miro y me llevo el dedo índice a los labios. Abro la puerta y me voy.
Llamo al ascensor, entro y me fijo en el botón de la cochera: sólo se activa si meto una llave. Lo hago y el ascensor baja hasta la cochera. Nunca había estado allí, pero sé cuál es el coche que busco. Además, es el único color mostaza allí dentro. Pulso el botón y las luces del coche parpadean como si me saludasen. Entro, coloco el asiento y los espejos a mi gusto y salgo de allí sin ningún cuidado con las columnas: a fin de cuentas no es mi coche…
Recorro algunas calles y enseguida llego a la carretera. El coche tiene GPS, pero a mí eso me parece para maricones. Los verdaderos conductores no necesitan esas gilipolleces. Paro en una gasolinera, hecho lo suficiente para que el coche no me deje tirado y compro un paquete de “Malvoro”. Pago en efectivo y me marcho. Enciendo la radio, muevo el dial hasta que encuentro la cadena de deportes, enciendo un cigarro y me centro en la carretera.
Al cabo de un par de horas llego a mi destino. Le pregunto a un policía local por la calle y me da las indicaciones oportunas. Le doy las gracias y sigo mi camino riéndome. Sigo las indicaciones y llego a la calle. Es zona azul, pero me da igual que me pongan una multa: no seré yo quien la pague. Llamo a un timbre al azar.
-¿Quién es?-pregunta la voz ronca de un hombre.
-Soy el técnico del ascensor. ¿Me puede abrir?
-Sí-dice con un tono bastante cortante. No sé si me ha creído o no, pero el muy idiota ha abierto la puerta. Me dirijo a los buzones y compruebo que, efectivamente, mi cuñada me ha dado la dirección correcta. Sonrío como nunca he sonreído y subo los escalones de dos en dos. Siento una gran emoción en todo mi cuerpo. Busco la puerta y llamo al timbre. Oigo unos pasos que se acercan, así que pongo la mano en la mirilla para prevenir. Por suerte, abren la puerta directamente.
-¿Quién…? ¡Joder!-dice la zorra en cuanto me ve. Intenta cerrar la puerta como trató de hacer la fea que se había colado en mi casa pero, de nuevo, no sirve de nada.
-¡Socorro!-grita ella a todo pulmón. La agarro y la golpeo. Pero ella siempre ha tenido los ovarios bien colocados, se revuelve y me golpea. Se escapa de mi agarre y vuelve a correr sin deja de chillar como una energúmena.
-¡Hija de puta! ¡Vuelve aquí! ¡Te voy a hacer pagar los cinco años que estuve en prisión por tu culpa!
Saco el cuchillo que cogí en la casa de su hermana y corro detrás de ella. Sus gritos me guían por la casa. Entonces escucho un portazo. La muy zorra se ha encerrado en el baño.
-¡Eso no es inteligente, cariño!
Le doy una fuerte parada a la puerta. Luego otra y luego otra. Sé que no tardará en ceder. La oigo chillar y eso me excita. Creo que a ella sí la violaré dos veces. Incluso puede que más de dos. Una última patada y la puerta se abre de un golpe. Ella está metida en la ducha con la escobilla del váter a modo de arma. Absurdo…
Entro despacio en el baño y sonrío.
-¡Fuera! ¡Márchate hijo de puta!
Me vuelvo a reír.
Entonces siento un golpe en la espalda. Me giro y veo al maricón detrás de mí con cuchillo con la punta manchada de sangre.
-¿Por la espalda, maricón? Ni para eso eres un hombre. Levanto el cuchillo y me lanzo contra él como una fiera. Una puñalada en el corazón será apropiada. Para mi sorpresa él me para y consigue desarmarme. Parece que el cachorro ha crecido. Mejor, así será más divertido todo.
Le propino un puñetazo en las costillas. Le duele y afloja el agarre. Pero se lanza sobre mí y me muerte en el la oreja con fuerza. Grito de dolor. Intento quitármelo de encima pero el cabrón está bien agarrado. Tanteo con la mano en busca de su entrepierna, la cojo con la mano y aprieto. Él me suelta con la boca llena de sangre y aúlla. No dejo de apretar. Pero entonces la zorra se echa sobre mí. Me golpea en la cabeza varias veces con un objeto. Duele, pero es soportable. Retrocedo y golpeo con fuerza contra la pared. Ella se lleva todo el impacto. Repito la operación y ella cae. Me giro y la cojo del cuello. Ya la violaré cuando esté muerta. Aprieto y la miro mientras las venas de sus ojos se dilatan. Pero el maricón vuelve a la carga y me propina un fuerte rodillazo en el muslo. Caigo al suelo con la pierna adormecida. Pero no me doy por vencido. Me arrastro y voy a por él. Le agarro del pantalón. Pero entonces él me da un pisotón en la cabeza que me aplasta contra el duro suelo. Luego una patada y luego otra. Yo sigo agarrado a su pantalón. Entonces la zorra se monta sobre mi espalda, me coge la cabeza y me la golpea contra el suelo. Siento que mi nariz se rompe. Un golpe y luego otro. Suelto el pantalón del maricón. La oigo llorar. Siento mi sangre manchando el suelo. Oigo al maricón gritar algo pero no entiendo qué es. Siento que mis fuerzas se desvanecen. Hijos de puta. Por lo menos me llevé por delante a la zorra de mi cuñada, no sin antes cumplir mi deseo de estar dentro de ella. En cuanto a ellos, bueno… Espero que tengan un final horrible… Porque en el más allá les daré su merecido…