sábado, 2 de febrero de 2019

EL FANTASMA DECAPITADO DE LA IGLESIA DE SAN GINÉS

En la calle Arenal de Madrid se encuentra uno de los edificios de mayor valor histórico de la ciudad: la iglesia de San Ginés.
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Esta iglesia se levantó junto a un arroyo en el que desembocaban todos los riachuelos que recorrían Madrid. Se cree que originalmente el edificio fue una mezquita que, a lo largo de los años, sufrió diferentes reformas y derrumbes dando lugar a la construcción que actualmente se puede observar.

Pero, aparte de ser un edificio religioso, esta iglesia oculta en su interior una oscura leyenda que se originó en el año 1353.
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Durante el reinado de Pedro I el Cruel, unos ladrones entraron en la iglesia de San Ginés para saquear cualquier objeto de valor: cálices, ornamentos, joyas… No obstante, durante su faena vieron a un anciano que estaba orando, y de cuya presencia no se habían percatado al entrar al templo. En ese momento, los ladrones le agredieron con total brutalidad, asesinando al pobre anciano cuyo cuerpo fue encontrado a la mañana siguiente rodeado de un reguero de sangre y con la cabeza separada del cuerpo.

El barrio quedó totalmente conmocionado ante tal atroz crimen, pero poco a poco la tristeza dio paso al terror cuando, según testigos, una sombra sin cabeza apareció durante días en la iglesia para denunciar a quienes habían acabado con su vida de forma tan salvaje. Los culpables fueron capturados y condenados a muerte.

Los vecinos pensaron que, tras haber ajusticiado a los malhechores, el espíritu del anciano encontraría el descanso, pero el fantasma decapitado de San Ginés continuó apareciéndose en la iglesia.

Este espíritu ha continuado manifestándose a lo largo de los siglos hasta llegar a nuestros días donde, algunos testigos, siguen relatando haberse sentido vigilados, o incluso haber presenciado la sombra de un hombre sin cabeza.

A dichos testimonios se han unido los de algunos mendigos que se alojaban junto al portón de la entrada, quienes cuentan cómo han podido escuchar ruidos extraños procedentes del interior de la iglesia cuando esta se encuentra cerrada, o la sensación de que alguien observa. Según cuentan, una noche unos gamberros comenzaron a molestarles; en ese momento escucharon unos fuertes golpes en el portón, como si alguien lo golpease enfadado, que asustaron a los gamberros. A la mañana siguiente, cuando el cura llegó a la iglesia, los mendigos le dieron las gracias por haber asustado a los gamberros; no obstante, el cura les dijo que la iglesia había permanecido vacía toda la noche y que nadie había podido dar aquellos golpes de los que los mendigos hablaban. Aquellas palabras dejaron a los mendigos totalmente sorprendidos y asustados, aunque también agradecidos por aquella presencia que había acudido en su ayuda.

Quizás el fantasma decapitado de San Ginés quedó atado para siempre a la iglesia donde salvajemente perdió la vida, o quizás eligió quedarse allí para proteger a otros de posibles malhechores y evitar vivan el desgraciado destino que él sufrió.

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