El Parador de Jaén está situado
en el Cerro de Santa Catalina, un excelente balcón a la Sierra de Cazorla y la
Sierra del Segura.

Se trata de uno de los tres
edificios que forman el Castillo de Jaén.
Fue
inicialmente construido por Anibal durante la época cartaginesa como fortaleza
para proteger la ciudad. Posteriormente, los romanos mantuvieron y reforzaron
dicha fortaleza. Tras la conquista musulmana, el edificio fue
reconstruido, siendo ampliados sus espacios. Más tarde, tras la reconquista de
Jaén en 1246 por Fernando III “el Santo”, se remodeló para formar un Alcázar
cristiano, otorgándole el nombre de Santa Catalina por la capilla que se
construyó en dicha fortaleza.
No
obstante, durante la Guerra de Independencia, las tropas francesas eligieron
este emblemático edificio para asentarse, modificando parte de la estructura de
dicho Alcázar, construyendo un hospital para los heridos.
El edificio cayó en el olvido
hasta que el Ayuntamiento de Jaén lo compró para restaurarlo, acondicionándose
en 1965 como Parador.
Pero, es entonces cuando las
leyendas y los rumores sobre figuras fantasmales empiezan a aparecer,
testimonios ligados a una leyenda. Una leyenda cuyo protagonista es el
condestable de Castilla durante el reinado de Enrique IV, Miguel Lucas de
Iranzo.

Según
dicha leyenda, dicho condestable se enamoró de una mora con la que contrajo
matrimonio. En una ocasión el hombre salió a combatir a las tropas
musulmanes que aún estaban establecidos en Andalucía. Durante su ausencia, un
grupo de ciudadanos de Jaén asaltaron el castillo, asesinando y quemando a la
mujer, que estaba embarazada. Tal fue la frialdad de este asesinato que hizo
que el espíritu de la joven quedase atado al torreón del Alcázar, lugar en el
que fue asesinada.
Aunque no es la única leyenda que
se cuenta, pues hay quien asegura que en el castillo murió un preso, cuya alma
adopta la forma de los clientes del Parador para confundir y engañar a los
empleados.

Pero lo que realmente ha dado
importancia a ambas leyendas han sido los testimonios de los empleados y
huéspedes del Parador sobre las habitaciones 22 y 23 del torreón, pues son las
habitaciones donde parece concentrarse toda la actividad paranormal.

Diferentes testimonios hablan de
muebles que cambian de posición, cajones que se abren y se cierran, maletas que
aparecen abierta, sombras en el pasillo, golpes en la puerta, sonidos
indescriptibles, bruscos descensos de temperatura, fallos en la electricidad,
llantos, o la silueta de una mujer con indumentaria árabe que vaga por el
pasillo.
El actual responsable del Parador
comenta que, aunque él no ha tenido ninguna experiencia paranormal en su lugar
de trabajo, sí ha oído comentarios de muchos empleados y clientes.
Una empleada del Parador contó
que vio una luz muy potente moverse por un pasillo portando un gran frío a su
paso. Aquella puso a la mujer bastante nerviosa.
En una
ocasión, un cliente alojado en la habitación 22 del torreón puso una reclamación
porque alguien estuvo toda la noche dando golpes en la puerta a pesar de no
haber nadie en el pasillo.
Pero
no es la única reclamación de los huéspedes pues, en otra ocasión, unos
huéspedes alojados en la misma habitación se quejaron porque el huésped de la
habitación superior había estado toda la noche dando golpes, gritando y
moviendo muebles. Para su sorpresa, justo encima de su habitación se encuentra
el tejado, por lo que fue imposible que hubiese nadie arrastrando muebles
encima de ellos.
Pero
también ha producido anécdotas bastantes divertidas. En una ocasión se alojaron
en la habitación 23 un grupo de personas atraídas por el mundo paranormal,
colocando durante la noche en la escalera diferentes aparatos para capturar
fantasmas. No obstante, en mitad de lo noche salieron del cuarto los huéspedes
de la habitación 22, quienes no sabían nada de lo que se había preparado. En
ese momento, todos los sensores de movimiento se activaron causando un gran
caos en el torreón.
La
situación se volvió tan conocida que Iker Jiménez lo analizó en su programa
Cuarto Milenio. El periodista, además contó que en el Parador tuvo un sueño
lúcido en el que aparecía una niña de unos cuatro años cerca de su cama. Lo
asombroso del suceso es que un compañero suyo tuvo el mismo sueña aquella misma
noche.
De
esta forma el Parador de Jaén ha forjado su propia leyenda, invitando a
multitud de curiosos a descubrir sus bellos rincones y, a los más atrevidos, a
experimentar qué se siente al alojarse en las habitaciones 22 y 23.

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