Es en
este momento en el que la leyenda comienza a cobrar vida. Los testimonios de
los vecinos afirman que, cuando decidían pasear por las diferentes senderas que
este Parque Forestal ofrece a los ciudadrealeños, se podían escuchar los gritos
de los enfermos, gritos que parecían de dolor y agonía. Según los rumores que
recorrían la ciudad, los empleados a cargo de aquellos pacientes realizaban
prácticas en absoluto profesionales tales como vejaciones, maltrato y abusos de
todo tipo. Así mismo, algunos pacientes conseguían escapar del edificio,
deambulando sin rumbo, lo que hizo que los ciudadanos se preguntasen si
simplemente se fugaban o si, por el contrario, trataban de huir de algo o de
alguien. Los rumores fueron creciendo y la mala fama se adueñó del edificio,
por lo que cada vez ingresaban en él menos pacientes y, finalmente, cerró sus
puertas para siempre en los años 80.
Pero
esas puestas, en principio cerradas para las personas, no lo estuvieron para
toda clase de ente paranormal. A pesar de estar completamente vacío, en su
interior se seguían oyendo gritos. Hay quien asegura que el lamento de los
pacientes quedó atrapado entre sus muros, y quien afirma que se trata de las
almas atormentadas de los pacientes que no fueron capaces de sobrevivir a los
maltratos sufridos durante su agónica estancia en el sanatorio. Es por ello que
muchos se aventuraron a ser engullidos por la espesa oscuridad de sus pasillos
y habitaciones. El edificio fue deteriorándose, adoptando así un aspecto mucho
más lúgubre del que ya poseía. Son variados los testimonios de quienes se
aventuraron a entrar al edificio. En el mismo momento en el que alguien entra,
esa persona siente un aura que le pone el vello de punta, un aura que le indica
que debería irse de allí. Pero, si se decide a ignorar esa advertencia y
adentrarse en el edificio, encontrará pintadas en las paredes advirtiendo a
todo aquel que ose entrar que no podrá volver a salir. Las ratas y las palomas
se han adueñado del lugar, pero quizás no sea lo único que merodea por esos
angostos corredores pues, a lo largo del recorrido, en el que es fácil
perderse, se pueden oír golpes, sonidos y crujidos indescriptibles. Sonidos que
pueden jugar con la mente del más valiente, sonidos que pueden volver loco al
más crédulo. Y, a través de los distintos pasillos y habitaciones, en los que
se pueden percibir presencias que hacen saber al visitante que no se encuentra
solo, se llega a la zona que peor sensación trasmite por su espectral aspecto y
por su ambiente cargado de algo inhumano y cruel: la antigua capilla. Debido a
la intensidad de la agonía que aquí se siente, ha sido lugar de sesiones de
espiritismos y extraños rituales como empalar palomas en el altar.
Pero
no es el interior lo único que abruma, pues desde el exterior se pueden ver
figuras vistiendo lo que parece ser una bata blanca, pasando por delante de las
ventanas, como si estuviesen vagando sin rumbo. Presencias que, atrapadas allí
en vida, ahora también lo hacen en muerte. Presencias de las que se ignora su
naturaleza benigna o maligna.
La leyenda del sanatorio de La
Atalaya se extendió, captando la atención no sólo de curiosos, sino también del
periodista Iker Jiménez, quien dedicó a este lugar un espacio en su programa
“Cuarto Milenio”.
No
obstante, la cada vez más frecuente invasión del edificio por curiosos, en su
mayoría jóvenes en busca de un entretenimiento fuerte, hizo mella en su
interior acelerando su deterioro. Eso, y la frecuente práctica de actividades
relacionadas con el espiritismo hicieron que a principios del año 2007 el
edificio fuese derruido. De esta forma, el mítico sanatorio desapareció, aunque
no lo hizo la leyenda pues, este simbólico edificio no ha sido el único foco de
extraños sucesos en el Parque Forestal.

No es
necesario alejarse demasiado de la antigua ubicación del edificio para
encontrarse con una figura fantasmal, pues son varios los testigos que afirman
haber visto una silueta blanca semitransparente con aspecto de niña vistiendo
un camisón en la curva de la carretera que, subiendo hacia la entrada del
Parque Forestal, se sitúa justo delante de la puerta de hierro que daba acceso
al recinto. Se ignora quién puede ser esa niña, pero hay quien dice que fue un
paciente del antiguo psiquiátrico infantil que se suicidó tirándose por la
ventana, y hay quien dice que fue una niña secuestrada a la que violaron y
mataron en aquel mismo lugar.
Y, si
continuamos nuestro trayecto hacia La Atalaya, los rumores y las leyendas
siguen pues se cuenta que, durante la guerra civil, una misteriosa mujer
vestida de blanco, paseaba por aquel lugar irradiando una potente luz. Al parecer,
fueron varios los testigos que la vieron durante diferentes noches. Y, según
cuentan, cuando la guerra terminó, nadie volvió a ver a aquella mujer.
Pero
el suceso más trágico ocurrió en lo alto de La Atalaya la madrugada del 20 de
abril de 1987. Según recogen diferentes diarios, como el “Diario Lanza”, una
pareja fue hallada muerta. Un chico de veinticuatro años y una chica de veinte,
aparecieron en el interior de un coche rojo sin vida con heridas de bala. A
pocos metros del lugar, en el interior de un coche azul, se encontraba un
policía, que en esos momentos no se encontraba de servicio, con una herida de
bala en la sien causada por su propia arma reglamentaria. El motivo que llevo
al policía, casado y padre de dos hijos, a cometer tal crimen se desconoce,
aunque la hipótesis del crimen pasional es el que tiene más peso. Hay quien
dice que el policía estaba enamorado de la chica y, llevado por los celos,
asesinó a la pareja para después quitarse la vida. Por otro lado, ya que no
parecía existir algún tipo de relación conocida entre las víctimas y el
policía, se planteó que el hombre matase a la pareja confundiéndola por otra y,
al darse cuenta de su error, decidió quitarse la vida. Sea cual fuese el motivo
que llevo a este hombre a cometer tal crimen, aquella noche La Atalaya estuvo
manchada con sangre inocente. Y, desde aquel día, en el lugar del suceso se
alza un pequeño monolito en homenaje a la joven pareja cuya vida fue
injustamente arrebatada.
La
Atalaya es un Parque Forestal que, vigilando constantemente la ciudad, ha
sabido crear su propia historia y su propia leyenda. Un lugar que, sin duda
alguna, atrapa a quien entre sus árboles pasea.





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