La localidad ciudadrealeña de Daimiel siempre ha sido conocida por haber sido un pueblo en el que habitaban las brujas, un pueblo en el que siempre ha existido cierto halo de misterio que ha dado pie a una gran cantidad de historias y sucesos.
Uno de esos sucesos, y que
apareció publicado en el diario “Las Tablas de Daimiel”, tuvo lugar en los años
40 en la vivienda de un matrimonio y su hijo, de 14 años. En esta época, la
actitud del joven cambió drásticamente, algo que la familia achacó a los
evidentes cambios de la adolescencia.
No obstante, los cambios del
joven fueron más allá, pues comenzó a desarrollar neurosis obsesiva, reacciones
fuertes de ansiedad y una profunda depresión, acompañada de ciertos brotes
psicóticos. La familia, preocupada, llevó al muchacho al médico para que le
realizasen las pertinentes pruebas y así buscar una solución a este problema,
si mucho éxito.
Una noche, el matrimonio se
despertó con un sobresalto y acudió corriendo al dormitorio de su hijo, pues
éste había comenzado a gritar aterrado. Cuando entraron en la habitación, se lo
encontraron mirando a un punto fijo, y les explicó que frente a él había un
cordero y una onza de chocolate y que él estaba tratando de alcanzarlos para
comérselos. Tras esto, el joven se cayó al suelo sin conocimiento. El
matrimonio decidió trasladar al muchacho a su propio dormitorio, atarlo a la
cama con una correa y dejar que durmiese entre sus progenitores. De repente, llegada
la madrugada, unas manos invisibles desataron la correa y el joven comenzó a
levitar y a hablar y a insultar en una lengua extraña ante sus sorprendidos y
asustados padres.
Tras este suceso, acudieron al
párroco de la parroquia de San Pedro de la localidad para solicitar ayuda. Y,
tras analizar el caso y realizar los trámites necesarios ante un posible caso
de posesión demoniaca (primero en el obispado de Ciudad Real y luego en el
Vaticano), el párroco, Don Tiburcio, y el sacristán, Fernando, se dirigieron a la vivienda para realizar un
exorcismo. Llegando al domicilio, se encontraron en la calle al joven, reptando
por el suelo, que salió a su encuentro y les acompañó hasta la casa.
El exorcismo llegó a durar 3
días y, cuando éste finalizó al colocarle el crucifijo en el pecho al chico, el
joven pegó un grito brutal, convulsionó bruscamente, levitó hasta chocar contra
el techo y después cayó con fuerza contra el suelo, indicando así que el
demonio que lo poseía había salido de su cuerpo.
No obstante, el chico no
llegó a recuperarse de aquella posesión y necesitó estar medicado para poder
superar distintos cuadros de depresión producidos por el suceso, desarrollando
un importante complejo de inferioridad. Tristemente, tampoco ayudaba que en el pueblo
todo el mundo le señalase y le llamasen “el endemoniado”, aumentando así la
carga por lo sucedido. Lamentablemente, 5 años después de lo ocurrido, el joven
falleció tras sufrir un ataque al corazón.
