30 octubre 2018

RELATO III


Eres un cobarde-le grité a mi hermano pequeño.
-No soy un cobarde. Es sólo que no quiero jugar...
-Es sólo una estúpida tabla con unas estúpidas letras y unos estúpidos números pintados encima. ¿De qué tienes miedo? ¿De la letra O?
Realmente sí estaba asustado, pero no iba a reconocerlo. No delante de mí. Así que volvió a bajar al sótano donde estaba reunida con mis amigos alrededor de un tablero de madera. Cuando le quedaba un escalón, dudó, pero al ver que todos los presentes le miraban sin parpadear, dio el último paso. Ya estaba allí y no había vuelta atrás. Se acercó al círculo y se sentó a mi lado.
Miré a todos los presentes uno a uno, a quienes había convencido para realizar aquella sesión. Desde que nos mudásemos a aquella casa mi hermano y yo habíamos escuchado extraños ruidos en el sótano y quería saber qué demonios sucedía.
-Empecemos-ordené.
A modo de respuesta, uno de los presentes encendió un par de velas y una rama de incienso y apagó la luz del sótano. La oscuridad, ligeramente iluminada por la luz de las dos velas, nos envolvió. Puse el dedo índice sobre el vaso que estaba bocabajo en el centro del tablero y los demás hicieron lo mismo. Miramos a mi hermano que, tras tragar saliva, nos imitó.
Cerré los ojos, tomé aire y realicé la primera pregunta:-¿Hay alguien aquí?
Los segundos pasaron sin que ocurriese nada, así que volví a repetir la pregunta varias veces. Nada. El vaso seguía en su lugar. Lo único que se movía eran las llamas de las velas que bailaban deformando nuestras sombras.
-Menudo timo... Esto es una chorrada-dijo una chica.
-Sí... Mejor lo dejamos...-respondió mi hermano con el temor claramente reflejado en su voz.
Justo cuando nos disponíamos a abandonar el “juego”, un extraño olor apareció en el sótano ocultando bruscamente el olor del incienso. No era el olor de las tuberías. No era el olor de la humedad de las paredes. No era ningún olor que hubiese olido antes en aquel sótano. Pero no fue lo único que cambió allí, pues la llama de las velas comenzó a agitarse más, como si hubiese una pequeña corriente cerca. Pude notar la tensión en el ambiente, pues nadie se atrevía a respirar o a pestañear. En el fondo no quería hacerlo, pero repetí la pregunta:-¿Hay alguien aquí?
Automáticamente, como si hubiese una especie de imán, el vaso se movió hacia una esquina en la que aparecía “Sí”.
-¿Cómo te llamas?
El vaso volvió a moverse: I-R-E-N-E
-Irene, ¿cómo moriste?
El vaso no se movió.
-Irene, ¡cómo moriste!
Y el vaso se negó a moverse una vez más.
Volví a abrir la boca para realizar una nueva pregunta, pero uno de mis amigos se adelantó y dijo:-Esto es un rollo. Seguro que era una furcia que murió de sífilis-y quitó el dedo del vaso.
-¡Qué haces! ¡No!-grité.
En el momento en el que el chico dejó de tocar el vaso, este se llenó con un extraño humo oscuro y él se desplomó en el suelo, las velas se apagaron y la puerta del sótano se cerró de golpe.
-Un mechero. ¡Rápido!-gritó una chica.
Pude escuchar en la oscuridad el sonido de la piedra del mechero hasta que, finalmente, se encendió para compartir su llama con las velas. El chico estaba convulsionando en el suelo. Quise gritar. Quise correr. Quise pedir ayuda, pero no podíamos soltar el vaso.
Entonces, sin previo aviso, el chico comenzó a flotar en el aire con los ojos en blanco y la boca cubierta de espuma. El vaso salió despedido y se estrelló contra una pared. El tablero se partió por la mitad. Todos gritamos. El chico cayó al suelo y comenzó a convulsionar de nuevo hasta que se detuvo.
Todos nos quedamos en absoluto silencio. De pronto, comenzó a hablar con voz de mujer. Pero no era una voz normal, era una voz cavernosa.
-Estúpidos idiotas, habéis roto mi descanso eterno. Habéis interrumpido la paz que en vida no tuve. ¡Por ello ahora no habrá ni paz ni descanso para vosotros!
Todo pasó muy rápido. El chico, poseído por el enloquecido espíritu de aquella desgraciada mujer, se abalanzó sobre uno de los allí presentes y le mordió la yugular con una fuerza sobrehumana. No tuvo tiempo de intentar defenderse. Ni si quiera tuvo tiempo de gritar. Antes de que pudiésemos reaccionar, había muerto.
El chico. No. La bestia desenfrenada en la que se había convertido cogió un trozo de cristal del vaso roto y se lanzó contra su mejor amigo. Le clavó el cristal en la cara repetidas veces haciéndole dolorosos cortes. Le arrancó los ojos y se los comió.
Mi hermano salió corriendo, pero la puerta estaba cerrada. Luchó con el picaporte, pero no era capaz de abrirla. La golpeó. Gritó. Tiró con todas sus fuerzas del picaporte. Nada.
Se giró sólo para ver cómo el chico poseído se abalanzaba como un animal sobre él y le tiraba escaleras abajo. Le cogió, le arrastró y le situó justo delante de mí. Nunca podré olvidar la cara de horror de mi hermano. Y nunca podré olvidar su mirada llena de lágrimas y su voz culpándome justo antes de que esa bestia le rompiese el cuello. El sonido resonó en mi cabeza una y otra vez. Me quedé completamente en shock. Me tiré del pelo. Me arañé la cara y chillé. Chillé como nunca. Y mientras yo estaba allí comportándome como una histérica, mis amigos morían uno a uno hasta que sólo quedamos él y yo. Me miró fijamente y pude oler su putrefacto aliento. Entonces pude ver que en sus muñecas aparecían roces producidos por una soga, como si hubiese estado maniatado durante mucho tiempo. Por su rostro aparecieron diversos moratones como si le hubiesen golpeado. Y, de repente, apareció el fuego. No sé explicar de dónde surgió, pero el que había sido mi amigo comenzó a arder. El calor fue insoportable. El hedor de la carne quemada no fue mejor. Pero, sin duda alguna, lo peor fue el chillido de dolor de mi amigo. Pude escuchar su voz suplicando que le ayudase. Pero no era lo único que escuchaba, pues la risa de una mujer resonaba por el sótano con cada vez más fuerza hasta que él murió y el fuego se extinguió de golpe. Me horrorizó la expresión que había quedado en su cara.
Entonces la vi. Una sombra en la pared. Una sombra muy alargada que me causaba pavor. Las velas se apagaron sumiéndome en la oscuridad. En ese momento noté una corriente de aire frío y nauseabundo que me atravesaba. Sentí un fuerte dolor como si me hubiesen atravesado con un cuchillo. La puerta del sótano se abrió y la luz se encendió sola. Y yo me quedé allí durante horas hasta que llegaron mis padres.
Me encontraron allí sentada con la mirada perdida, encontraron todos los cadáveres y el tablero de la ouija justo en medio de aquel caos.
Había sido mía la idea de realizar una sesión de ouija con unos amigos y con mi hermano. Mi pobre hermano… Fue culpa mía que muriese.
Tarde tiempo en volver a la realidad, tardé tiempo en salir de mi enajenación mental.
Tal era mi cabezonería y mi interés por lo sobrenatural que pensé que realizar una ouija era una gran idea para comunicarme con el ente que, antes que nosotros, vivía en aquella casa. Y aquel fue el resultado de mi magnífica idea: mis amigos muertos, mi hermano muerto, y un portal que había quedado totalmente abierto. Y yo sabía que esa maldita mujer, Irene, se había metido dentro de mí. Sólo era cuestión de tiempo que me poseyese del todo. No lo podía permitir.
Por suerte, he encontrado una solución para deshacerme de ella, para dejar de culparme por todo, para dejar de sufrir. Por ello me encuentro de nuevo en el sótano de mi casa. Noto como el nudo se va acercando a mi nuca y la soga apretando mi cuello cada vez más. Miro el lugar en el que realicé aquella estúpida sesión de espiritismo. Es lógico que lo que allí empezó allí termine. Sonrío y me muevo. El taburete en el que estoy se cae y me quedo suspendida en el aire. Duele. Pero sólo será un momento. Pronto poder descansar en paz. Si Irene me lo permite...

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