23 agosto 2018

EL FANTASMA DEL PARADOR DE SIGÜENZA


En Sigüenza (Guadalajara) se encuentra el castillo de los Obispos ubicado en un montículo en el entorno del Parque Natural del Río Dulce y las Hoces del Río Salado.

Se trata de un palacio-fortaleza erigido en el siglo XII sobre una antigua alcazaba musulmana. Además, el edificio ha sufrido diferentes reformas en los siglos XIV, XV, XVI y XVIII.

Desgraciadamente, durante la invasión francesa, sufrió grandes desperfectos por las Guerras Carlistas de 1811 quedando el majestuoso edificio gravemente dañado. Además, durante la Guerra Civil sufrió diversos bombardeos derruyéndose prácticamente en su totalidad.

Afortunadamente, durante la época Franquista, fue restaurado siguiendo planos y documentos antiguos.

Aunque el actual edificio es prácticamente nuevo, ha sido posible la conservación de la capilla románica, la portada, las torres y el salón del trono.

En su interior es posible encontrar mobiliario del medievo, armaduras y diversa decoración de la época. Todo esto hace que el Parador sea una atracción turística.



Pero no es lo único interesante que alberga, pues entre sus muros se encuentra el fantasma de Doña Blanca de Borbón.
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Doña Blanca de Borbón se alojó en este castillo en el año 1355, tras haber sido rechazada por su marido, Pedro I de Castilla, pues el rey tenía otros amoríos que prefería.
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Pero el rechazo no fue la única condena que sufrió la joven, si no que permaneció encerrada en el castillo durante un año entero antes de ser trasladada a Medina Sidonia, donde murió asesinada con sólo 22 años.

De su estancia en el castillo es posible encontrar una pequeña celda que los huéspedes pueden visitar durante la guía turística por el emblemático edificio.

Pero esa pequeña celda no es lo único llamativo que se puede encontrar de doña Blanca, pues el fantasma de la joven, que tanto padeció en ese castillo, decidió regresar al Castillo de los Obispos donde, según dicen, vaga por una de las torres. Es por ello posible durante la noche escuchar los sollozos de doña Blanca junto al sonido de unas cadenas que se arrastran.

Y es que varios huéspedes han sido testigos de esta leyenda. Hay quien asegura, no sólo haber escuchado los famosos sonidos, si no que haber visto una nebulosa blanca flotando en el aire. Otros, comentan que se alojaron en la habitación de la torre, donde pudieron escuchar el sonido de pasos y muebles arrastrándose durante la noche en el piso superior cuando, en realidad, no hay nada encima de esa habitación. Además algunos de los empleados aseguran que les han pasado cosas extrañas como objetos que cambian de sitios solos, y aseguran que pasar una noche de tormenta impone muchísimo.

El Parador de Sigüenza ofrece, por ello, una interesante experiencia para quienes disfrutan de este tipo de edificación antigua y quienes se sienten atraídos por las historias de fantasmas.

16 agosto 2018

RELATO II


Los cinco amigos estaban mirando al interior del oscuro cementerio con sus pálidas caras pegadas a los fríos barrotes de la puerta de hierro. El vaho que salía de sus bocas se perdía en la noche. No había nadie en los alrededores. Aunque, ¿quién iba a acercarse por el cementerio en aquella noche invernal?
-Vamos-dijo uno de los amigos. Un chico de ojos castaños con la cara cubierta de pecas que cubría su cabeza con un gorro de lana azul.
-¿Estás seguro de esto?-preguntó el más pequeño y asustado de la pandilla.
-No seas cobarde Abel-recriminó el chico de las pecas.
-¿No lo ves? ¡Se va a mear en los pantalones!-respondió un muchacho con un feo bigote de preadolescente.
-¡Eso es mentira!
-¡Pero si no dejas de temblar como un bebé!
-Es… por el frío…
-Sí, claro…
Mario, el chico de las pecas y líder del grupo miró a sus amigos, les sacó la lengua y comenzó a trepar. Los barrotes escurrían por la humedad del ambiente, pero el joven no parecía tener problemas para llegar arriba. Una vez consiguió llegar a lo alto, pasó una pierna, luego la otra, y comenzó a bajar. Cuando se encontraba a un metro del suelo saltó. Sus pies produjeron un fuerte sonido al impactar contra el suelo.
-¿Venís o qué?
Los demás chicos se miraron y treparon la imponente puerta del cementerio. Una vez dentro, sacaron las linternas y comenzaron a avanzar entre las tumbas mientras sus pisadas resonaban. Todos estaban bastante tensos, aunque procuraban evitar que el resto notase que no estaban muy convencidos con lo que iban a hacer, especialmente Abel, que quería salir corriendo y volver a la calidez de su casa.
Quizás era por el miedo, quizás por la leve bruma que se alzaba sobre ellos volviéndose más densa a cada paso, pero el cementerio no parecía tener fin. De repente, escucharon un fuerte golpe a su izquierda cuando un florero se cayó de improvisto de una tumba rompiéndose al estrellarse contra el suelo. Los cinco chicos gritaron y apuntaron rápidamente a aquella tumba, pero no vieron nada. El aire se volvió más tenso y sus respiraciones más pesadas. No deberían estar allí, pero no podían regresar ahora. Avanzaron unos metros más cuando escucharon unos pasos a sus espaldas y la voz de una persona que murmuraba algo. Alumbraron con sus linternas sin ver a nadie. Pero los pasos parecían avanzar y el murmullo cada vez se oía más cercano. De repente, escucharon una risa que les erizó el vello, por lo que salieron corriendo pasando entre tumbas cada vez más viejas y árboles cada vez más siniestros.
-¡Esperad!-gritó Abel.
Los chicos se detuvieron y le miraron. Realmente daba mucha pena. Le faltaba el aliento. Y se miraron cuando le vieron sacar un inhalador. Tenía los ojos llorosos y realmente parecía que iba a mearse en los pantalones.
-Quiero volver… Por favor…
-Creí que querías entrar en nuestra pandilla. Creí que querías ser uno de nosotros. ¿Es que te entendimos mal?-dijo Mario.
-Yo… Sí, quiero entrar en vuestro grupo.
-Pues las condiciones eran claras. Tienes una prueba que superar. ¿Cómo si no sabremos que eres digno de estar con nosotros?
Abel se mordió el labio lleno de inseguridad. Lo estaba pasando mal, pero realmente quería tener amigos, aunque para ello tuviese que entrar en un mausoleo y besar el cadáver de una mujer que no llevaba demasiados años muerta.
Continuaron su camino hasta llegar al final del cementerio. Se encontraban ante un enorme mausoleo que, a diferencia de las tumbas que había a su alrededor, parecía nuevo. En la puerta había escrito algo en latín, aunque no sabían qué significaba. A cada lado del mausoleo había un árbol seco con extrañas runas talladas en sus troncos. La puerta estaba cerrada por un candado. Mario abrió la mochila y sacó unas cizallas para romper el candado. Entonces escucharon en la lejanía el sonido de algo pesado arrastrándose y, finalmente, un golpe sordo. Y volvieron a escuchar esa risa justo a sus espaldas. Se giraron rápidamente, topándose con un gato que comenzó a maullar con desesperación. Había algo antinatural en aquel gato. Quizás era por su pelaje oscuro, espeso y enmarañado, quizás por la manera que tenía de maullar, o quizás porque no tuviese ojos. El gato avanzó despacio hacia ellos sin dejar de maullar, deteniéndose a escasos centímetros de ellos. Nos les gustaba aquel animal que, a pesar de no tener ojos, parecía mirarles.
-¡Largo de aquí, gato asqueroso!-gritó uno de los chicos moviendo agresivamente la linterna, un joven llamado Hugo que, a pesar de ser invierno, llevaba simplemente una camiseta de manga corta, aunque él aseguraba que nunca tenía frío.
A pesar de los violentos movimientos, el gato, lejos de asustarse, seguía maullando cada vez con más fuerza.
-Ignóralo-dijo Mario, que rompió el candado. El mausoleo estaba a su absoluta disposición.
Entraron uno a uno mirando con cierto respeto al ángel que parecía custodiar las escaleras de piedra por las que bajaron hasta llegar una pequeña cripta donde había una tumba. Varias velas alumbraban el interior, aunque no tenía sentido que pareciesen no consumirse nunca.
Hacía mucho frío allí dentro.
-¿Preparados?-preguntó Mario. Entre todos los chicos, salvo Abel, desplazaron la pesada tapa del ataúd lo suficiente como para dejar al descubierto el torso del cadáver. Un fuerte hedor les alcanzó y Abel no pudo evitar sentir arcadas.
-Pffff, parece que esta momia se ha cagado encima-dijo Hugo. Todos, a excepción de Abel, comenzaron a reírse ante tal comentario.
-Venga, es tu turno-dijo Mario impaciente.
Abel avanzó despacio sintiendo el corazón palpitar por todo su cuerpo. Se asomó al interior del ataúd y vio el cuerpo parcialmente descompuesto de una mujer. Llevaba un vestido de novia completamente raído, el cabello moreno estaba enmarañado, la piel de su cara  estaba completamente seca y los párpados hundidos en las cuencas. Pero, a pesar de ello, había cierta belleza en ella. Sobre sus manos tenía una cadena con la foto de un hombre. Abel cerró los ojos, se concentró y se inclinó. Sus labios rozaron los del cadáver. Era una sensación totalmente asquerosa, pero acabaría pronto. Sólo tenía que aguantar cinco segundos y habría pasado con éxito la prueba.
De repente, notó un par de manos que le agarraban con fuerza. Alzó la cabeza para ver que el cadáver le miraba, que sus huesudas manos le habían aferrado y que no estaban dispuestas a dejarle marchar. Abel gritó con todas sus fuerzas y lo mismo hicieron los chicos que le acompañaban cuando la mujer le mordió con fuerza en el labio arrancándoselo. La sangre comenzó a manar a borbotones. Abel no dejaba de gritar. Su voz reflejaba el dolor y el miedo. Entonces, la mujer le dio un fuerte mordisco en el cuello rompiéndole la yugular. Los chicos salieron corriendo.
Corrieron como nunca antes en su vida. Subieron las escaleras empujándose unos a otros. Y, al salir al exterior, vieron al gato parado en mitad del camino. El gato maulló con agonía y, de repente, se vieron rodeados por una gran multitud de ojos brillantes que les miraban con curiosidad desde la oscuridad. Los chicos salieron corriendo por otro camino para evitar al gato ciego. Corrieron todo lo que pudieron. Entonces Hugo se tropezó con una raíz gruesa que sobresalía y cayó al suelo torciéndose el tobillo. Sus amigos se percataron de lo sucedido pero no se pararon a ayudarle, siguieron corriendo. Entonces pudieron escuchar unos ruidos extraños y el grito de auténtico dolor de Hugo resonó por todo el cementerio. Los chicos siguieron corriendo, aunque la niebla les había desorientado. A sus espaldas escucharon otra vez aquellos pasos y aquella risa. La niebla se volvió cada vez más espesa. Entonces apareció junto a ellos la mujer muerta con el gato ciego sobre sus hombros. La sangre de Abel, y probablemente la de Hugo, había manchado sus ropas y su piel. Pero no eran suyos los pasos que habían oído pues apareció detrás de ellos un hombre vestido con traje de boda con semblante triste. Tenía el pelo peinado hacia atrás y una elegante perilla. En la mano llevaba un hacha.
-Sólo la muerte puede devolver la vida…
El hombre alzó el hacha y la descargó sobre Mario. El primer golpe no acabó con él, pues el hacha estaba mal afilada, ni el segundo, ni el tercero. Fue el sexto golpe el que arrancó la vida del joven. Fueron seis golpes durante los que Mario fue consciente de todo lo que pasaba. Y mientras el hacha atravesaba su cuerpo, sus otros dos amigos salieron corriendo. La desesperación se apoderó de los dos amigos que no sabían a donde dirigirse. Estaban totalmente perdidos en la niebla. El cementerio se había convertido en un laberinto. Incluso parecía más grande. Siguieron avanzando sin saber muy bien a donde ir, cuando divisaron al fondo la puerta del cementerio. Aliviados corrieron hacia su salvación. Pero aquella risa volvió a sonar detrás de ellos. Incluso podían escuchar a alguien silbar una canción que parecía un vals. Por suerte, llegaron a la puerta pero, antes de poder aferrarse a los fríos barrotes, vieron al gato ciego delante de ellos que bufaba enloquecido. El animal se puso en posición de caza y se lanzó sobre uno de ellos mordiéndole con fuerza. El joven intentó quitarse al animal de encima, pero todos sus esfuerzos fueron en vano. La sangre humedecía el hocico del animal y esa sensación parecía enloquecerlo aún más. El otro chico no estaba dispuesto a arriesgar su vida por ayudar a su amigo a quitarse al gato de encima. No era su problema. Comenzó a trepar y pudo rozar la libertad. Un pie y luego el otro. Un pie y luego el otro. De esa forma fue elevándose cada vez más. La puerta parecía más alta que cuando entraron en el cementerio. Un pie y luego el otro. Ya casi estaba arriba. Había trepado bastante rápido, pero el hacha que le cortó la pierna fue más rápida aún. El chico se soltó y cayó al suelo gritando de dolor. Miró y vio al hombre que sonreía.
-Muchas gracias por haber venido. Muchas gracias por haberos sacrificado para devolver a mi amada a la vida.
El hacha se alzó una vez más y se descargó con fuerza sobre el cráneo del joven.
El hombre sacó un pañuelo de tela del bolsillo del traje y comenzó a limpiar el hacha mientras silbaba el vals que bailó en su boda. Cuando terminó, se giró y miró a la que fue su esposa durante sólo unas horas. Estaba mucho más reluciente que antes. La piel estaba más regenerada. El hombre se acercó a ella y le limpió la sangre de los labios con delicadeza y sonrió. La besó y ella le devolvió el beso mientras el gato ciego les observaba.
-Es hora de dormir, mi amor.
Juntos regresaron al mausoleo donde ella se tumbó de nuevo en el ataúd. El hombre ignoró el cadáver del niño asustado que había allí, miró a su esposa y dijo:-Los niños siempre buscan retos y son muy fáciles de engañar. Pronto, mi vida, habrás recuperado tu belleza. Pronto, mi vida, volverás a ser la mujer de la que me enamoré. Pronto nuevos niños acudirán a ti para que devores sus entrañas pero, hasta entonces, debes descansar.
El hombre la beso una última vez y cerró la tumba. Salió del mausoleo, puso un nuevo candado y se alejó de allí.
“Hasta que la muerte os separe” eran las palabras que durante el enlace había pronunciado el cura. Era cierto, sólo que la muerte no había podido con su amor eterno.
El gato se subió a lo alto de uno de los árboles para descansar mientras el hombre se alejaba del cementerio silbando de nuevo aquel vals. Pronto estarían juntos de nuevo…

30 julio 2018

SATANÁS Y LA CUEVA DE SALAMANCA

En uno de los escasos restos conservados de la antigua muralla de Salamanca se esconde una de las principales leyendas de la ciudad. Un lugar que, en la actualidad, atrae a miles de curiosos por los sucesos que allí acontecieron.
Este lugar es la Cueva de Salamanca, una antigua cripta subterránea que se encontraba detrás de la sacristía de la iglesia de San Cebrián, un templo románico que se construyó con motivo de la repoblación de la ciudad en el siglo XII.

Esta cueva era la entrada a un laberinto subterráneo que recorría la ciudad y donde, según se cuenta, brujas y seguidores del mal realizaban rituales satánicos y practicaban magia negra.

Pero la principal leyenda cuenta que en esa cueva impartía clases el párroco de la iglesia, Clemente Potosí. Debido a que los alumnos nunca revelaban qué aprendían en aquellas clases o qué actividades realizaban, los ciudadanos comenzaron a creer que quien daba las clases era Satanás haciéndose pasar por un sacristán. De esa forma, Satanás impartía ciencias ocultas como magia, adivinación o astrología. Para ello, Satanás elegía a siete alumnos a los que impartía clases durante siete años. Al terminar este periodo de tiempo uno de ellos debía pagar por las clases que los siete alumnos habían recibido. Para elegir a dicho alumno se realizaba un sorteo. Cuando uno de los siete aprendices era elegido, debía pagar el coste de las clases, pero si no podía hacerlo debía permanecer encerrado en la cueva de por vida.

Muchos fueron los alumnos que Satanás tuvo en esta cueva, pero el más importante fue Enrique de Aragón, marqués de Villena.
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Y fue el propio Enrique quien salió elegido en el sorteo y, al no poder pagar las clases de los demás, fue obligado a permanecer en aquella cripta. No obstante, el joven ideó un plan para escapar. Se escondió en el interior de una tinaja. Cuando Satanás regresó a la cueva y se la encontró vacía, se marchó rápidamente a buscarle pensando que había escapado, dejando la puerta abierta, ocasión que aprovechó el marqués de Villena para escapar. Desgraciadamente, durante su huida perdió su sombra, lo que le marcó para el resto de su vida como “seguidor de Satanás”.

La mala fama de Enrique de Aragón aumentó cuando decidió escribir numerosas obras sobre las diversas disciplinas que cultivó como medicina o astronomía.
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Por ello fue acusado de nigromancia y de hechicero y sus libros y manuscritos fueron quemados por orden del obispo de Cuenca.

Esta leyenda cruzó el océano Atlántico extendiéndose entre los habitantes de América del Sur, quienes comenzaron a llamar “salamancas” a las cuevas, lugares oscuros y ocultos en los que se desarrollan prácticas de quiromancia, nigromancia, o adivinación.

Dicha leyenda también ha sido reflejada en diferentes obras literarias de grandes escritores como Miguel de Cervantes o Pedro Calderón de la Barca.

La iglesia donde se ubicaba la cueva fue derribada en 1580 quedando solo una parte de la cueva.
A día de hoy, para los salmantinos este sigue siendo el lugar en el que Satanás impartió clases, por lo que se ha convertido en uno lo de los lugares turísticos más atrayentes e intrigantes de España.

23 julio 2018

LA APARICIÓN DEL HOSPITAL DE GRANADA


En julio de 1985, Elena, una enfermera del hospital de Granada, se encontraba en recepción atendiendo al público.
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Esa tarde, un señor con expresión preocupada se acercó a la ventanilla para preguntar sobre el estado de su esposa, que acababa de ser operada de un tumor. Cuando Elena se disponía a contestarle, una muchacha totalmente pálida y rígida se acercó a la ventanilla y con casi un susurro le preguntó por su madre que, casualmente, era la misma mujer por la que había preguntado el hombre. Aunque la situación le resultó extraña, Elena dijo en voz alta el número de la habitación y añadió que podían subir a verla. El hombre, muy extrañado, dijo: “¿cómo que pueden?”, reacción que Elena no comprendió. Finalmente, el hombre se dirigió a la habitación seguido de la chica.

Al cabo de un rato, la joven regresó a la ventanilla y pidió hablar con el médico que atendía a su madre. Elena contactó con Alicia, la médico, que acudió a atender a la joven subiendo juntas hacia la planta donde se encontraba la madre.

Apenas habían pasado quince minutos cuando la joven volvió a aparecer una vez más repitiendo que quería hablar con el médico que atendía a su madre. Extrañada, Elena volvió a llamar a Alicia y la médico le dijo que la joven estaba con ella. Por ello, Elena dijo que era imposible, que la joven estaba delante de ella y la describió, descripción que encajaba con la joven que había junto a Alicia.

Tras ese inexplicable suceso, Alicia dejó a la joven en la sala de espera y cerró la puerta con llave y Elena le dijo a la joven que había con ella que subiese las escaleras, que la médico la esperaba. Los minutos pasaron y Alicia llamó a Elena explicándole que había estado esperando y que allí no había llegado nadie pero, lo absolutamente inexplicable, es que la joven que había en la sala de espera había desaparecido a pesar de encontrarse la puerta cerrada con llave.

Pasaron los días y la enfermera y la médico entraron en la habitación de la mujer que había sido operada del tumor. Dentro, se encontraban su marido y su hijo. Además, en la mesita de noche había una fotografía de una muchacha a la que reconocieron como la joven misteriosa. Alicia preguntó con tono amistoso que quién era aquella joven y la mujer le contesto que era su hija y que había fallecido en un accidente dos años antes.
Tal fue el impacto de aquella noticia que entraron en shock y Alicia se vio obligada a darse temporalmente de baja.

Días más tarde la mujer abandonó el hospital con su marido y su hijo, y no se volvió a ver a aquella joven que, desde el más allá, había ido a visitar a su madre.

11 julio 2018

EL EXORCISMO DE ALMANSA


Almansa es un pueblo de Albacete conocido por ser un lugar donde abundan los curanderos y los espiritistas. Por ello, es posible encontrar una gran cantidad de de consultorios de curanderos y de espiritistas que atiborran el pueblo. Tal es su fama, que muchas personas de dentro y de fuera de Almansa visitan dichos consultorios para tratar de resolver algún tipo de problema en su vida.

Una de las mujeres que ofrecía tales solicitados servicios era Rosa González, una curandera de buena reputación por sus amplios conocimientos, que ayudaba a los demás de buena gana, pues así lo requerían los dogmas religiosos que tan firmemente seguía.

Por ese motivo, el 17 de septiembre del año 1990, acudió una vecina suya, Mª Ángeles, a su casa con sus dos hijos: Mercedes y Daniel, pues se encontraban mal, pidiéndole a Rosa que les hiciese una revisión para saber qué les pasaba. Tras hacer varias comprobaciones,  la curandera aseguró con absoluta convicción que dentro de los dos pequeños se encontraba el demonio, siendo necesaria su inmediata expulsión. Por ello, la mujer hizo que los niños vomitasen asegurando que, al hacerlo, el demonio había sido expulsado. Durante este suceso, apareció el padre de los niños que, al ver la escena, forcejó con las mujeres y se marchó de allí llevándose a sus dos hijos totalmente enfurecido.

A la mañana siguiente, el 18 de septiembre de 1990, Rosa, Mª Ángeles y su hermana Mercedes realizaron un ritual religioso para expulsar a los malos espíritus que se habían quedado atrapados en la vivienda al expulsar los niños al demonio el día anterior. Al llegar la noche, Jesús, el marido de la curandera llegó a la casa para encontrar una escena totalmente insólita: las mujeres se encontraban en una habitación en trance, bailando desnudas y cubiertas por sus propias heces y vómitos. Al ver al hombre, le agredieron para, posteriormente, forzarle a limpiar toda la habitación. Tras ese suceso, la curandera se dirigió a la habitación de su hija: una niña de 11 años llamada Rosi.
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La mujer despertó a su hija, la desnudó y la tumbó en el suelo. La niña comenzó a temblar de frío, pero su madre pensó que sufría espasmos porque el demonio estaba en su interior, así que comenzó a golpearla con gran brutalidad produciéndole varias hemorragias internas. Pero la pesadilla no terminó ahí para la pobre niña pues, en ese momento, las tres mujeres que se encontraban en la casa se encerraron con la niña en una habitación para realizar un exorcismo. Por ello, el padre de la pequeña salió corriendo de la casa para pedir ayuda.

La madre de Rosi, asegurando que el mal estaba dentro de su hija, le metió las manos dentro de la vagina desgarrándola completamente. Según parece, la mujer le arrancó los ovarios pues estaba convencida de que estaba embaraza del demonio, motivo por el que la niña murió a raíz de un shock hipovolémico por la abundante pérdida de sangre.

A la mañana siguiente, Jesús regresó a la casa acompañado de Ana, la hermana de la curandera, tirando la puerta abajo y entrando en la habitación. Al ver la escena, el hombre llamó a las autoridades mientras las mujeres se abalanzaban sobre Ana para quitarle los ojos, pues los necesitaban para realizar un ritual con el que podrían revivir a la niña, dándole una brutal paliza y provocándole una contusión en las retinas. En ese momento cuando las mujeres parecen despertar del trance en el que se encontraban y, al percatarse de lo que han hecho, huyen del domicilio, siendo finalmente detenidas.

En febrero de 1992 tuvo lugar la sentencia: las tres mujeres que realizaron el Exorcismo de Almansa quedaron absueltas. No obstante, Mercedes tuvo que pagar una indemnización a Ana por las lesiones causadas. En cuanto a Rosa y Mº Ángeles, fueron ingresadas en un psiquiátrico por enajenación mental.

Actualmente, las tres acusadas están en libertad. No obstante, tal fue la brutalidad del caso que el "Exorcismo de Almansa" alcanzó una gran importancia a nivel mediático.
El Exorcismo de Almansa fue un trágico y horrible suceso que cambió para siempre este pueblo de Albacete

05 julio 2018

EL HOSPITAL DE SIERRA ESPUÑA


En Murcia se encuentra la sierra Espuña, un lugar donde a finales de 1913 se construyó un hospital para albergar a enfermos de tuberculosis y lepra. En esta época, era muy frecuente la aparición de este tipo de hospital pues la tuberculosis estaba muy extendida en el país. Además, para evitar su extensión, se aislaba a los enfermos en centros hospitalarios alejados de las ciudades y se solía escoger lugares en medio de la naturaleza.

En 1935 finalizó la construcción del edificio, constando de un sótano, dos plantas, la casa del conserje, las cocheras, las cuadras, la capilla y el depósito de cadáveres. Llegó a contar con doscientas camas y un personal formado por cincuenta personas que atendían a los enfermos.
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Durante este tiempo, algunos testigos afirmaban que se producían suicidios pues eran muchos los pacientes que no soportaban estar allí.

Además, según diferentes testimonios, los fallecidos eran sacados del edificio por la parte trasera para llevarlos al depósito de cadáveres, que se situaba fuera del recinto principal. No obstante, algunos de los cadáveres revivían, asustando a los empleados que se encargaban de su traslado, pues no se comprobaba del todo que dichos pacientes realmente hubiesen fallecido.

Afortunadamente, la tuberculosis fue desapareciendo hasta que en 1962 el hospital fue cerrado al no recibir suficientes ingresos. No obstante, al año siguiente sus puertas volvieron a abrirse como un hogar para huérfanos, aunque algunos años más tarde se cerró de nuevo.

En 1980 el edificio fue restaurado transformándose en un albergue juvenil, aunque en 1995 fue cerrado de forma definitiva quedando completamente abandonado. Además, actualmente está prohibida la entrada al viejo edificio por el algo riesgo de derrumbe.
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Debido a su lúgubre aspecto, este hospital se convirtió en uno de los lugares más misteriosos y visitados por los amantes de lo paranormal. Diferentes testigos comenzaron a hablar de una extraña niebla con forma de mujer que se desplazaba por la primera planta del edificio. Aunque el principal testigo de este extraño fenómeno fue un militar de la base de paracaidistas de Murcia cuando él y su grupo se encontraban haciendo maniobras en la zona. Al ser una zona fría, decidieron pasar la noche en el antiguo hospital, pues les serviría como refugio. Durante la noche, el militar vio una sombra semitransparente con forma de mujer que se acercaba a él haciendo caso omiso de la orden de detenerse. Por ello, el militar disparó a aquella figura que desapareció sin dejar rastro. Actualmente, se pueden apreciar los impactos de las balas contra la pared. Tras aquel suceso, los soldados salieron del edificio sin atreverse a regresar a su interior.

Pero la primera planta no es la única que inquieta a quienes se acercan al lugar, pues en el sótano, que está totalmente a oscuras, se pueden encontrar un largo pasillo con camillas abandonadas, un silencio sepulcral, y una extraña presencia que te hace sentir una inexplicable presión en el pecho.
En la televisión pública de Murcia se realizó una investigación del lugar por parte de Benjamín Amo y Antonio Alpáñez. Según explicaron, el ambiente en el antiguo hospital es muy tenso, creando una constante sensación de incomodidad, además de sentir que alguien te observa desde algún escondite. Una médium que les acompañó notó que el ambiente en la primera planta era mucho más denso que en otras zonas del hospital y, tras concentrarse, pudo sentir una voz que les pedía que se marchasen, por lo que pensaron que lo más sensato era marcharse de allí, pues molestar a los entes de otros planos trae siempre consecuencias negativas.

Otros testimonios declaran haber realizado psicofonías captando susurros y voces, además de haber escuchado puertas y ventanas que se abrían y cerraban solas.

Actualmente, el hospital sigue abandonado, aunque no parece que vaya a ser derruido en breve, por lo que el fantasma de la primera planta seguirá atrayendo a quienes les gusta sentir en su propia piel las sensaciones del mundo paranormal.
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